Yo no escribo acerca de lo que me importa, sino de lo que me concierna. Y en éste momento, hay algo que me concierna increíblemente.
Hablando desde el débil y frágil cuerpo de una mujer insegura, a la cual la vida misma le ha golpeado de tal manera que, cuando siente que va a recibir el golpe, cae primero para apresurarse a él; siento como que un intruso merondea en mi vida, y me cuesta controlarlo.
Es un intruso que usmea, sin usmear realmente. Y no sé qué es lo que pretende de mí. Si quiere tan sólo una charla y un paseo, o si sus intenciones son más allá de una simple charla. Unas intenciones como más oscuras, más luminosas; como más profundas, más leves y tenues. No sé qué quiere, y no sé si lo que quiere es mutuo a lo que quiero.
Un intruso que podría quedarse aquí una vida entera, como podría irse justo mientras escribo éste texto. ¿Qué compromiso tiene conmigo un ser humano que no me conoce ni el color de mi voz, ni la longitud de mis pestañas, y mucho menos lo que hunde a mi corazón y lo comprime en un pequeño espacio anatómico?
¿Y qué tiene que hacer éste débil cuerpo más que esperar? Esperar a que no exista un golpe, y que si existe no duela tanto como dolieron otros y van a doler demás. Esperar a que, si ese intruso se queda, no se adentre hasta el fondo y se rehuse a soltarse de un rincón; y, que si se va, no se lleve el pedazo del rincón, ni cierre el vacío dejando una marca helada en el corazón que se una a las demás para que todas se fusionen algún día y congelen una parte de mi anatomía que nadie va a ser capaz de calentar hasta desvanecer.
Que si se va, no duela tanto como duele la ida de alguien que no es para nada intruso. Y que si se queda, no se convierta en alguien que podría quebrar fibras cada vez que pisa fuerte en la alfombra de la entrada.
Que sea lo que sea, cariño mío, pero no me duelas.
Hablando desde el débil y frágil cuerpo de una mujer insegura, a la cual la vida misma le ha golpeado de tal manera que, cuando siente que va a recibir el golpe, cae primero para apresurarse a él; siento como que un intruso merondea en mi vida, y me cuesta controlarlo.
Es un intruso que usmea, sin usmear realmente. Y no sé qué es lo que pretende de mí. Si quiere tan sólo una charla y un paseo, o si sus intenciones son más allá de una simple charla. Unas intenciones como más oscuras, más luminosas; como más profundas, más leves y tenues. No sé qué quiere, y no sé si lo que quiere es mutuo a lo que quiero.
Un intruso que podría quedarse aquí una vida entera, como podría irse justo mientras escribo éste texto. ¿Qué compromiso tiene conmigo un ser humano que no me conoce ni el color de mi voz, ni la longitud de mis pestañas, y mucho menos lo que hunde a mi corazón y lo comprime en un pequeño espacio anatómico?
¿Y qué tiene que hacer éste débil cuerpo más que esperar? Esperar a que no exista un golpe, y que si existe no duela tanto como dolieron otros y van a doler demás. Esperar a que, si ese intruso se queda, no se adentre hasta el fondo y se rehuse a soltarse de un rincón; y, que si se va, no se lleve el pedazo del rincón, ni cierre el vacío dejando una marca helada en el corazón que se una a las demás para que todas se fusionen algún día y congelen una parte de mi anatomía que nadie va a ser capaz de calentar hasta desvanecer.
Que si se va, no duela tanto como duele la ida de alguien que no es para nada intruso. Y que si se queda, no se convierta en alguien que podría quebrar fibras cada vez que pisa fuerte en la alfombra de la entrada.
Que sea lo que sea, cariño mío, pero no me duelas.
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