1:42 am de un 12 de Diciembre.
Dicen que tienes que estar enamorado o roto para escribir algo a la una de la mañana. O ebrio. No estoy enamorada, y (por más que lo desearía) tampoco estoy ebria. Así que supongo que estoy rota.
He estado rota varias veces. Dieciocho años no vienen sin heridas. Me rompí muchas veces atrás. La primera vez que me rompí quizá era demasiado pequeña para siquiera entender qué era lo que ocurría, sólo era una niña que caminaba de la mano de su padre, cargando el ataúd de un hombre que más que ser un abuelo, lo fue todo.
De mi abuelo recuerdo que tenía panza, ojos arrugados, una enorme calva y muchas colombinas de chocolate en el armario. Cada noche nos regalaba una, y entonces yo era infinitamente feliz. Mi abuelo me quiso como nunca me ha querido un hombre, y todo ese amor que él me tenía se ha esfumado porque él ya lo está.
Recuerdo su funeral como si hubiese sido ayer, y recuerdo que yo usaba un vestido rosa y un saco blanco. Recuerdo que la última vez que lo vi mi madre me pidió que subiera a mi habitación, que el abuelo tenía mucha gripe y yo me podía contagiar. Y recuerdo que caminé hasta el altar de la mano de mi padre, quien sollozaba al igual que yo.
No obstante, yo era muy pequeña para tener un duelo. Así que, años después, he empezado a llevar un duelo que debí llevar hace años. Años después he reabierto una herida que no se trató adecuadamente.
Antes de eso, había alguien que me quería de la misma manera en que lo hacía mi abuelo, pero no en la misma cantidad. No recuerdo cómo lucía, tan sólo lo recuerdo de imágenes que mi madre me muestra. Y sé lo que sé de él con base a anécdotas que he escuchado. Él me quiso tanto, que incluso quiso llevarme consigo en el momento en que tuvo que huir. Y gracias a Dios, a la vida, el destino, Goku, lo que exista o lo que no, él no lo hizo, porque en ese momento fue cuando él también murió.
Cuando voy a sus tumbas, la de él y la de mi abuelo, me quedó de pie a unos pocos metros de mi familia mientras observo como ellos lloran libremente, o acarician la lápida (especialmente donde está marcado el nombre). Me quedo de pie, junto mis labios entre sí, y ahogo en mi garganta el deseo de soltar un sollozo, siempre es así, y siempre va a serlo. Siempre voy a limitarme a observar sus nombres tatuados, y a contener el llanto. Me voy a limitar en repetirme una y otra vez (internamente, claro está) que les echo de menos de la forma en que nunca he echado de menos a alguien más.
Y después de esas heridas, vino la siguiente. Una en que me quebré hasta el alma. Fue cuando súbita y dolorosamente, el cáncer se llevó a la única persona de la que me he enamorado hasta enloquecer. De ese amor que es puro y nuevo. De ese amor que no vas a volver a sentir jamás en la vida, pero que te enseña a amar mejor. Y esa es una herida que años después, no he podido conseguir sanar.
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| Malcolm Liepke |
Y el resto son tan sólo yagas, pequeñas heridas de grandes momentos. Heridas que parecen no sanar nunca, pero eventualmente lo harán. Ahora mismo mi herida parece no tener siquiera cura. Mi herida es que cometí un error con alguien, y ese alguien cometió un error conmigo, y entre tantos errores lo único que nos quedó fue decir adiós. Mi herida es que ahora mismo tengo que escribir esto en un blog que nadie lee porque me he quedado sin amigos a los cuales escribirles a la una de la mañana para decirles que estoy herida. Mi herida, y valga la redundancia anterior, es que he perdido a mi única y mejor amiga y estoy empezando a cuestionarme si alguna vez lo fue, porque su indiferencia duele más que tres huesos rotos. Su indiferencia duele en todo el pecho (no en el corazón: el corazón sólo me duele cuando alguien muere). Mi herida es el rostro de mis padres cuando me observan calladamente, buscando si en mis ojos hay algún rastro de que he estado llorando, cuestionándose entre sí si deberían volver a mandarme al psicólogo, y esta debería mandarme al psiquiatra, para que este de nuevo me mande a los medicamentos que tan tranquila me hacían sentir. Mi herida es el rostro de mis padres cuando implícita y silenciosamente se preguntan si estoy pensando en suicidarme de nuevo. Mi herida es la universidad que quise y cómo no logré entrar en ella; o cómo ahora tengo que posponer mi deseo de ser médico porque no he conseguido una sola oportunidad. Mi herida es sentir el desprecio de los que solían ser mis compañeros. Mi herida es escribirle a mi exnovio para obtener una respuesta rancia, e incluso no obtener una respuesta en absoluto. Mi herida es buscar la forma de saber de alguien que no quiere saber nada de mí, porque he sido lo suficientemente estúpida para cometer error tras error con él. Mi herida es que mis padres me pregunten por él y no saber qué decir. Mi herida es que nadie se dé cuenta que estoy herida.
Mi herida es que no haya nadie.


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