“¿Y cómo te gustan los hombres?” preguntó. Lo miré pensativa, ansiosa, indispuesta. Porque era absurdamente complicado, porque la respuesta me costaba siete alientos.
“Difíciles, quizá. Que me tomen la mano de vez en cuando por la calle. Que me acaricien con brusquedad. Que besen a otras en mis narices. Que se enojen porque soy impulsiva y no me controlo cuando estoy disgustada. Que se roben mis cigarillos y digan que los van a fumar pensando en mis labios. Que me besen con furia y pasión. Que me intoxiquen de su aroma. Que me agarren de la nuca cuando me besan. Que me digan cosas sucias. Que me besen y se detengan al oir los pasos de alguien más. Que me den besos de preámbulo, besos en el cuello, en la frente, en las mejillas. Que se toquen pensando en mí. Que me besen a hurtadillas. Que me llamen después de las once porque están ebrios y necesitan compasión. Que me respondan la agresión, y luego se vuelvan a mí, me tomen del mentón y me besen. Que no me pidan el teléfono porque sabemos que no nos hemos de ver jamás. Que me pidan el teléfono porque no ha sido suficiente. Que me agarren, con fuerza, los senos y las nalgas. Que me visiten a horas inesperadas. Que odien a las mujeres. Que necesiten a las mujeres. Que vean otros rostros en el mío. Que para ver el mío necesiten alcohol. Que sufran. Que me dejen..." pensé.
Después de eso, le respondí: "Imposibles y que no me quieran".
Son esos, pues, los únicos que conozco.
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