Lo lamento.
Lamento haberte golpeado los nudillos esa vez que no supe cómo sopesar la rabia interna, lamento haberte culpado de aquellas veces en que no le gustaste a un chico, lamento instruirte sobre el modo correcto de fumar un cigarrillo o de la mejor marca para hacerlo, en vez de instruirte en cómo amarte a ti misma sin necesidad de la aprobación de los demás.
Discúlpame por todas las veces en que te menosprecié cuando te veías al espejo. Discúlpame por los comentarios malintencionados que hice sólo para "hacerte mejor" o "hacerte crecer". Discúlpame por la vez en que te hice creer que si lograbas ser más delgada de lo que ya eras, alguien por fin te tendría en cuenta. Discúlpame porque esa vez estuve al borde de extinguirte.
También lamento las veces en que te puse en peligro porque creí que sería lo mejor para ambas, que vivir con miedo nos hacía inferiores, que debíamos vivir las "mejores cosas de la vida", las más temerarias, en nuestros años más jóvenes. Excúsame por dejarte ir en moto sin casco, aceptar salir con chicos que no conocías, no protegerte durante noches casuales, permitirte perder la conciencia y la razón con gente a quienes a duras penas conoces. Excúsame por permitirte subir al auto con un conductor drogado, aceptar dar una vuelta sin saber a dónde y terminar en un sitio que no conoces a las dos de la madrugada, subirte al auto de un chico que recién conocías, guiñar el ojo al barbudo cuarentón que te encendió el cigarrillo sólo porque la soledad nos carcomía. Excúsame por impulsarte a ser temeraria sólo porque creí que así ambas sanaríamos. Excúsame porque, a pesar de que eres suertuda o tienes una hermana, un tío y un abuelo que cuidan de ti en lo más alto, te puse en peligro y en una ocasión las cosas salieron terriblemente mal.
Lamento haberte hecho sufrir. Lamento hacerte creer que eras tan insuficiente, que debías pedirle al único chico que pudiste querer sin ataduras, límites ni precauciones, que se quedara. No una, no dos, sino varias veces. Lamento que una parte de mi aún te fuerce a no soltarlo, no porque aún le ame (pues ambas descubrimos que aún hay infinidad de cosas que sentimos por él, pero el amor ya no es una de ellas), más bien porque el no soltarlo fue rutina, fue costumbre; y en estas semanas en que le hemos soltado no sabemos hacía donde caminar. Lamento haber cometido errores con él, no por él sino porque desde que sucedió, en tu mente sólo te culpas y te arrepientes de ello; y aún más, lamento haberte hecho soltar infinidad de lágrimas. Lamento dejarte retorcer del dolor en el pecho, y lamento pellizcarte las costillas, ahorcarte con esmero y hacerte contener la respiración sólo con el fin de obligarte a que detengas el llanto.
Por último, te pido disculpas desde el fondo de mi corazón por todas las inseguridades que te cargué en la espalda basándome en tan pocos comentarios negativos comparados con todos esos positivos. Lamento dejarnos depender de la opinión de alguien más para darnos una propia sobre nosotras mismas, y lamento con infinidad todas esas veces en que pudiste desvestirte de todas esas inseguridades y volví a vestirte con ellas. Te pido disculpas por todas las veces en que un chico dijo exactamente lo que querías o necesitabas oír, y te impedí creerle porque era demasiado bueno para ser verdad.
Y ahora que me excusé, te agradezco por ser la parte de ésta vida, de éste cuerpo, de ésta mente, que no está dañada. Por ser el lado de ambas que ama con locura y no se arrepiente de ello, se ríe histéricamente en notas de voz, canta en la ducha sin importar si los vecinos la escuchan, se agarra el culo después de ejercitar sólo para asegurarse que trabaja simple y llenamente para la aprobación de ella misma, o se queda minutos contemplando sus senos en el espejo porque siente que ese día están preciosos.
Gracias por ser la parte de ambas que es incondicional y se dedica a abrazar a sus amigas mientras lloran, aún si no sabe qué decir para consolarles. La parte de ambas que se ve a sí misma hermosa recién levantada, que se da besos en los hombros para sentirse amada y que le agarra la mano a su madre y a su padre cuando van por la calle porque sabe que en unos años ellos se irán y agarrar sus manos es lo que más va a extrañar. La parte de ambas que por más herida que estuvo, atesora momentos como bailar toda la noche con alguien a quien amó, hacer el amor con él y todo aquello que existió antes de que él dejase de quererla.
Gracias por ser la mitad de éste cuerpo que merece vivir por siempre, y por hacerme ver que soy yo la mitad que debería extinguirse.
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