Esta mañana vi todo el amanecer mientras la ansiedad me despertaba antes de que la alarma a tu lado sonara para que yo me levantase. Vi al sol salir mientras sentía tu respiración bien cerquita y tus brazos me rodeaban entera y pensaba cómo en el mundo llegué hasta ahí.
Me dediqué a acariciarte los hombros, el cuello y tu barba. Los hombros y el cuello porque tenías la tez fría. La barba sólo porque sí. Escuché la alarma y me rodé encima tuyo para apagarla y darte un beso, irónicamente, de buenas noches. Debí irme porque era lo correcto, pero me quedé porque era lo que quería.
La gente tilda la forma en que nos conocimos como insólita. A ti te toman por vivo, a mí por puta. ¿Quién se va con un desconocido la noche justa a conocerle? Le puedes decir a la gente que me importa una mísera mierda. Cambiaría treinta de mis conocidos y varios de mis polvos por irme contigo de nuevo otra noche.
Siendo la sentimentalista y sensible que soy no podría desaprovechar todo el material que me diste para escribir sobre ti. Probablemente no te recordaré en unos años y dejaré de pensarte en cuestión de días, pero me gustaría tener un lugar donde volver a ti, en caso de que no vuelvas. Henos aquí.
Todo lo bueno empieza con agradecimientos pero ésto no es bueno, así que no quiero agradecerte (aún). Mas bien me gustaría hacer la cuenta de las veces en que fui feliz contigo y no lo noté hasta después de irme:
La única vez que bailamos algo que no recuerdo.
El que me llamases señorita. Al princípio porque no recordabas mi nombre, al final porque sabías que ya no lo olvidarías.
Darte a probar una cereza y que no te gustase.
El viaje hasta tu apartamento. Parar en McDonalds y que le gritases a los presentes qué podrías comprar para alimentar a la gordita. Ese día sólo comí las papas mientras intentaba metértelas en la boca.
Bailar encima de la cama en ropa interior.
La forma en que respiras cuando tienes un orgasmo. Tus ojos cuando tienes un orgasmo. Cómo te muerdes los labios cuando tienes un orgasmo. Cómo me agradeces cuando tienes un orgasmo.
Salir desnudos a tu terraza a fumar un cigarrillo a las cuatro de la mañana.
El cómo y cuánto te gusta mi cuerpo. El cómo y cuánto me gusta mi cuerpo cuando estoy contigo.
Dormir juntos. Detesto dormir con alguien de forma romántica e impuesta, limitando mi movilidad y permitiendo la invasión de mi espacio personal; pero dormir contigo fue todo eso y aún así, lo disfruté.
Caminar por la calle y que la gente nos observe porque la internacionalidad te brota por los poros y porque, quizá, piensan que no soy suficientemente digna de ello.
Besarte. Besarte de todas las formas posibles, existentes, satisfactorias.
Verte, y pensar en qué piensas todas las veces en que me miras y arreglas mi cabello por detrás de mis oídos. Pensar en qué piensas cuando después de eso dices “De verdad me gustas”.
Cuando me agarras con fuerza el rostro mientras me follas y susurras cosas en francés que nunca entiendo.
El poder hacer más que sólo tener sexo.
El que hayas sido tú el que me hizo caer en cuenta de ello.
Tu toxicidad y cómo me encanta. Las marcas que me dejas en el cuerpo. El dolor y el placer que combinas en mí.
El que me pidas que haga cosas por mí, no por ti, no por otro.
Que me llames boba porque hago chistes que están lejos de hacerte reír. Que te rías porque soy pésima en ello.
La única vez en que lo hiciste ver de la única forma en que no me gusta: lento, con pausa, sin el cese de los besos y con amor. La única vez en que lo que no me gusta me gustó.
Las risas interminables porque somos un par de idiotas.
Llamarnos "el matrimonio" cuando colgamos tu ropa a la una de la mañana.
Como me presionas contra ti.
Mi primer orgasmo en manos ajenas.
Cantar la misma canción una, y otra, y otra vez.
Cuando hablas de tu madre.
El que busques mi cuerpo en la noche cuando me he dado la vuelta.
Que me enseñes tu lengua madre. Que me beses siempre en Francés.
“Tonta, eres una tonta. Bésame”.
Tu español mal hablado. Mi francés pésimo.
Los besos que me das en la frente. Los besos que me das en el cuerpo cuando crees que estoy dormida.
El que me digas “Cásate conmigo” tres segundos antes de que ambos caigamos en sueño.
Ahora sí, gracias.
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