La primera vez que me rompieron el corazón hice todo aquello que nunca debe hacerse, y me refugié en los peores rincones con el fin de detener un dolor que en vez de permitirme sentir, decidí ahogar. Los primeros meses duré inconsciente lo suficiente para no dejarme a mí misma sanar, porque sanar implicaba seguir y olvidar y lo que menos quería era olvidarlo. Corrí a los brazos de mucha gente, y muchas cosas, sabiendo que al final ninguna de ellas me satisfacía; hasta que al final y después de mucho tiempo, viví lo que debía vivir y sané lo que debía sanar. Tres años después me topé con quién creía sería una bocana de aire fresco y resulté ahogándome. Viví un dolor distinto. Me permití a mí misma sentirlo, no lo ahogué en alcohol ni pretendí evadirlo. Esta vez, y distinta a la anterior, pocos tenían la más mínima idea de lo que sucedía. No lo lloré después de varias copas de vino, ni tomé mi teléfono para hacer llamadas de las que me arrepentiría al despertar. Lo viví muy pur...
"Il n'y a pas de verités moyennes" Georges Bernanos.