La primera vez que me rompieron el corazón hice todo aquello que nunca debe hacerse, y me refugié en los peores rincones con el fin de detener un dolor que en vez de permitirme sentir, decidí ahogar. Los primeros meses duré inconsciente lo suficiente para no dejarme a mí misma sanar, porque sanar implicaba seguir y olvidar y lo que menos quería era olvidarlo. Corrí a los brazos de mucha gente, y muchas cosas, sabiendo que al final ninguna de ellas me satisfacía; hasta que al final y después de mucho tiempo, viví lo que debía vivir y sané lo que debía sanar.
Tres años después me topé con quién creía sería una bocana de aire fresco y resulté ahogándome. Viví un dolor distinto. Me permití a mí misma sentirlo, no lo ahogué en alcohol ni pretendí evadirlo. Esta vez, y distinta a la anterior, pocos tenían la más mínima idea de lo que sucedía. No lo lloré después de varias copas de vino, ni tomé mi teléfono para hacer llamadas de las que me arrepentiría al despertar. Lo viví muy puro, como tampoco debería vivirse. Vivirlo así de puro es incluso solitario, y a veces el caos ayuda.
Esperé escuchar acerca de ti después de mucho tiempo, y cuando apareciste sólo deseé que no lo hubieses hecho. Así es la ironía. A veces espero tanto de ti y cuando sucede, lo esperaba de una forma completamente distinta.
Así que esa noche te solté. Te encontré en otro cuerpo y eras completamente distinto. Vestías distinto, tu acento era otro y sólo conservabas las líneas que se te forman al lado de los labios al sonreír. Eras igual de efímero pero ahora eras tangible. Y me follaste delicioso a pesar de que no eras tú.
Me abrazaste al dormir y me besabas la frente y la cabeza a destiempos. Tus manos me rodeaban el cuerpo desnudo y ocasionalmente te besaba los brazos. Me tomó mucho tiempo darme cuenta que ese no eras tú, porque él nunca podría ser comparado contigo. Sí, él era igual de intermitente que tú y en el fondo sabía que me iba a durar incluso menos de lo que tú me duraste, pero él era tangible, y él estaba presente cuando tú no lo estuviste.
Y necesitaba que estuvieras presente.
Rezo por levantarme todas las mañanas y que recuerde tu voz cada vez menos hasta no saber como suenas ni cuando dices “cariño”, y entonces así los hombres que vengan no serán una versión mejorada de ti. Serán versiones de sí mismos.
Y tú ya no encajarás en la pintura.
Comentarios
Publicar un comentario