Me costó sentarme a escribir esto porque escribir muchas veces se siente como olvidar, como dejar atrás, como seguir.
Y yo a él no lo quería olvidar, y tampoco quería dejarlo atrás. Mucho menos quería seguir sin él.
En Septiembre conocí a alguien que me tomó dos semanas amar. Siempre fui de aquellas que aman con locura, sin freno, y a la primera. Por eso amé a tanta gente incluso cuando realmente no los amaba. Mi amor siempre fue tan generoso, caritativo y extenso que muy pocas veces sobró suficiente para mí; y tiempo después me di cuenta que me faltaba y nadie podría compartirme.
Vivía a 5.443 millas pero pocas veces lo sentí tan lejos. A veces, incluso, cuando me despertaba de mis pesadillas en esas cuatro horas de diferencia, lo sentía más cerca que los veinte pasos que daba hacia la habitación de mis papás. Compartimos tantas horas de videollamada que cuando todo terminó no habían interminables conversaciones que borrar, sólo muchos registros con su número de teléfono. Tantos, que me dolían las yemas de los dedos al eliminarlos. Y los recuerdos sólo los guardaba en la cabeza.
Aprendí tanto de mí misma que cuando todo se acabó volví a poner los pies en la Tierra siendo una persona que desconocía, en un mundo que también desconocía porque vivíamos en medio de una pandemia, y con el sentimiento constante de que lo que había vivido no era real, porque nunca fue tangible.
Quería salir a bailar con mis amigas a mi bar favorito y tomar vino hasta romper las copas en el suelo. Quería coquetear con varios hombres en una noche porque jamás he sido tan buena en el arte del coqueteo como cuando tengo el corazón herido y el alma rota. Quería besar a otros con el pensamiento ridículo que no se sentían como él, y ridículo porque yo a él nunca lo besé. Y quería llorar, llorar acompañada de las amigas que me habían levantado tantas veces para unirme de nuevo en una sola pieza, llorar hasta que se me secara la garganta, se me deshidratara el cuerpo, se me rompieran las costillas de tanto dolor en el pecho y se me explotara el diafragma de respirar tan hondo porque así se sentía mi desamor.
Pero yo ni siquiera podía llamarlo desamor porque a mí me dejó un man que todavía me quería.
Y eso era cinco mil cuatrocientas cuarenta y tres veces peor.
Y sumado a todas mis "desgracias" y la de mis amigas estaba la inminente duda de si el virus nos iba a matar o no si nos veíamos, o peor aún, nos iba a matar a nuestros papás, o abuelos; entonces no fueron muchas las veces en que lloré acompañada o mitigué mi dolor en el alcohol, u otros hombres, o pésimas decisiones. O todo junto.
Así que sufrí a solas el perder a un hombre que no podría nunca llamar mío porque no conozco la temperatura de su cuerpo, ni como huele su suéter favorito, ni como me cogía la cintura cuando caminábamos juntos, ni cuál es el lado de la cama que prefiere. Tampoco supe cómo le gustaban mis besos o cómo me acariciaba las mejillas. Y nunca adoptó ese hábito que tengo conmigo misma de besarme los hombros cuando estoy desnuda y por eso nunca podría llamarlo mío.
Sin embargo, lo sentí mío, a veces, cuando tomaba té y yo trataba de adivinar el sabor al otro lado de la pantalla, o cuando se reía de mí porque yo no toleraba cortar el pollo al cocinar juntos. Lo sentí mío cuando lo veía manejar y me sentía allí, en la silla del lado, acariciándole el mentón. Cuando lo veía reírse al jugar con sus amigos, o escuchaba el cambio de su voz al hablar con los niños. Y lo sentí mío todas las noches y todos los días hasta que se fue, y entonces supe que nunca lo había sido.
En la noche en que me dejó le escuché decir que él sabía que para estar juntos se requería que alguno de los dos se alejara mucho de su zona de comfort, y días después cuando me senté a pensar en todo lo que nos dijimos la última vez entendí que él no estaba equivocado y nunca lo estuvo. Cedí mucho a cambiar cosas de mí misma por el bien de mi relación y luego entendí que aquello no implicaba dejar de ser yo misma, pero entender que esos cambios me brindaban un crecimiento personal que nunca tuve. Opté por dejar que él decidiera el ritmo de la relación porque mi impulsividad y necesidad de afecto y atención habían sofocado el amor que nos teníamos, valoré su soledad porque entendí que la mía me incomodaba, abracé sus hobbies cuando me dí cuenta que rara vez me complací invirtiendo mi tiempo en algo diferente a mis responsabilidades y acepté sus miedos cuando supe que nunca me había enfrentado a los míos.
Y luego supe que el hecho de que yo me estuviese saliendo de mi zona de comfort no significaba que estuviese en la zona equivocada.
Pero lo entendí muy tarde, y él ya estaba muy lejos.
Este, este es un amor que a mi me va a pesar toda la vida, porque a diferencia de él, para mí todavía se siente incompleto. Y voy a amar a otros hombres, seguramente, porque a mí lo que se me da bien es el amar sin freno; y aún así, habiendo amado a otros hombres, se sentirá incompleto.
Y un día le contaré a mi esposo del novio que me inventé en Septiembre de 2020.
Y le diré que ese novio que me inventé es la razón por la cuál en ese momento, a él, lo amo mejor.
Y a ti, novio que me inventé,
gracias por hacer de mí una mejor mí.
Comentarios
Publicar un comentario