Te echo de menos.
Si estuvieras aquí te contaría esto en persona, quizá siendo menos honesta, más pudorosa y probablemente más llorona. Aquí puedo llorar mientras te escribo, si estuviéramos frente a frente no podría llorar y hablarte a la vez.
Te escribo porque me siento sola y tu ausencia me pesa en la espalda y en la vida. Te escribo también porque te necesito, porque si hubo un hombre que me quiso mucho en esta tierra, fuiste tú. Al menos eso es lo que dice la abuela.
Te escribo porque se me rompió el corazón.
Habrán sido ya unos tres meses atrás en que me embarqué en esta aventura (por llamarla de algún modo) que hoy me tiene aquí, hecha añicos y no obstante feliz. Quiero contártelo todo parte por parte, pero habría de demorarme toda la noche y sé que los muertos deben descansar en paz.
Quiero contarte primero sobre éste hombre maravilloso que conocí hace ocho meses aproximadamente. Es más alto que yo, muy guapo, tiene una barbita alineada, unos ojos negros enormes, y unas pestañas y unas cejas negras que son para perderse en ellas. Solía besárselas mucho cuando estábamos recostados en mi cama. Tiene un cuerpo despampanante. He tenido la oportunidad en mi vida de asistir a muchas obras de teatro, muchos conciertos, de escuchar música excelente, de ver exposiciones de Van Gogh, de Botero, de gente que no reconozco, de estar en un salón lleno de pinturas bonitas, de seguir de cerca el trabajo de Liepke y sin embargo, jamás en mi vida vi un arte tan bonito como su cuerpo desnudo. Sé que no te debería mencionar esto porque eres mi abuelo y mi vida sexual está lejísimos de llegar a ser un tema de tu interés, mas debo decirte que así es como lo veo. Ni toda la música que he escuchado, ni todas las pinturas que he visto, ni todos los libros que he leído ni las obras de teatro que he disfrutado se comparan con su cuerpo desnudo a centímetros del mío. Él no se lo cree, y quizá nunca se lo habré expresado de ésta forma, pero entre todo el arte que me rodea, él es el mejor.
Después de conocerlo pasé un tiempo sin reconocer su existencia y quizá así mismo lo pasó él. La noche en que lo vi me pareció un tipo atractivo, y mucho, lastimosamente no cruzamos muchas palabras y a duras penas recuerdo haberme despedido de él. No obstante, él empezó a hablarme hace un par de meses, y cuando lo volví a ver la vida sólo hizo 'click'. Fue como poner la última pieza de un rompecabezas, o como cuando le untas a la tostada nutella, y se cae por el lado que no está untado; fue como cuando el volumen del televisor queda en un número par, o como cuando te pruebas una prenda que tanto quieres y te queda al instante. Así fue todo con él.
Al principio, y como siempre, todo fue perfecto. Recuerdo que le pedía que viniese a mi casa y muchas veces dejó lo que hacía para venirme a ver. De él no tengo ninguna queja, aunque él lo crea así, puesto que cada cosa que hicimos nos trajo hasta aquí. Nos hizo lo que somos.
Con el paso del tiempo la vida juntos se nos hizo difícil. Había cada vez más obstáculos y menos ganas, supongo. Hablo de mi perspectiva porque sólo sé de mí. Recuerdo noches enteras en que lloré con mis manos enterradas en mi pecho, pidiéndole a un Dios que tú sabes si existe o no, que me quitara el dolor tan horrible que estaba sintiendo porque me iba a matar. No digo que me estuviera muriendo de amor por un hombre, pero sí se me estaba muriendo el alma sin él.
En mi vida siempre fui una mujer que, a pesar de tener un aspecto físico desfavorable, usó sus pocos atributos para lograr mitigar la soledad y rodearse de (mal que bien) uno que otro hombre. Independiente de sus intenciones, o de mis intenciones, siempre tuve a quién acudir y lo cierto es que eso me costó parte de mi relación. Si hay una cosa que él cambiaría de mí, es mi pasado. No lo juzgo, puesto que si hay una cosa que yo cambiaría de mí (y conste, que hay mil cosas que cambiaría de mí), también elegiría mi pasado. No todo ello, claro está, sólo las partes y personas que nada me aportaron, que son varias.
No sé cómo expresar esto sin ser incoherente, sin sonar inmadura, y sin ser hipócrita; puesto que lo he dicho antes. Pero lo cierto es que él fue el amor que yo anhelaba tener, el amor sobre el cuál escribía. Él fue, y aún es, el amor del que solía ver en la calle y me hacía sentir miserable porque yo no había tenido un amor así. En el pasado sentí grandes cosas por cierta gente, tú sabes por quienes puesto que tú me viste ahí, pero ni sumando todo lo que sentí por ellos llego a la mitad de lo que siento por éste hombre. Él no lo cree así, y en realidad no me importa que él lo crea así, puesto que la verdad absoluta al final la tenemos la vida y yo, y ambas sabemos que es así. Al final él se quedará o se irá, pero ésta verdad universal no cambia. Si tengo suerte, no tendré que contarle a mis nietos sobre él porque estarán sentados en sus piernas (yo sé, me estoy excediendo), y si no la tengo le contaré a mis hijos sobre él, sobre lo mucho que lo quise. Cosa que dudo, puesto que a pesar de mi corta edad y mi inexperimentada vida, sé que jamás llegaré a sentirme de la misma manera con otro hombre. Parte de las cosas que odio en este asunto del amor es que nadie nos enseña a cómo vivir sin la otra persona, y soy muy mala aprendiendo a la fuerza y sin guía.
Llámame incrédula, ríete donde quiera que estés, agárrate la cabeza al leer mis disparates; pero a menudo sentí que él se sentía de la misma manera. Nunca se lo dije, pero muchas veces me sentí como la mujer más importante en su vida, y la más orgullosa de él. Es un chico tan fuerte, abuelo, ¡pero tan fuerte! Es un chico al que la vida lo ha golpeado duro y sin embargo, si lo vieras, es la valentía personificada. Es ideal. Es graciosísimo, a su manera claro está. Y hace esta cosa con sus labios cuando está enojado o serio que me mata de ganas de besarlo. Y tiene la risa más contagiosa del mundo. Y siempre tiene la temperatura ideal, así que mi cuerpo sencillamente se acomoda a él. Todas las cosas que hago con él, buenas o malas, duelan o no, me hacen quererle más y más. Sé que eso significa un riesgo para mí, y sé que nadie tiene garantizada la estadía de nadie en su vida. Hoy bien está como mañana bien se pudo haber ido. Pero quererlo es una de las cosas que mejor he hecho en la vida, y así se vaya, quererlo fue una ganancia y un pequeño triunfo.
Me gustaría hablarte más sobre él, pero seguiría toda la vida y se tornaría aburridor. No obstante, hoy te quiero pedir una cosa. Sé que no controlas el curso de mi vida, ni mi destino, ni puedes decirle a Dios (o a lo que exista) que me eche una mano en ello; pero hoy siento que estoy perdiendo al hombre de mi vida y te necesito.
Si él es para mí, otórgame la paciencia necesaria para continuar. La paciencia para no enojarme porque desaparece todo el día, para no creer que está con alguien más, para no desvanecerme cuando se queda dormido y a duras penas cruzamos un par de palabras. Otórgame la seguridad para creer que me quiere, que vendrán mujeres más hermosas y mucho mejores a su vida y sin embargo, sólo me va a querer a mí. Otórgame la fortaleza para luchar contra el tiempo que duro sin verlo, contra el agrietamiento de mis labios porque no lo he besado y contra la frialdad de mi cuerpo porque su calor no se ha paseado por mí en un largo rato.
Pero, si no es para mí, o mejor dicho si no soy para él: mándame una señal. Dame la fuerza para no volver a acurrucarme en el piso de mi habitación, con la cara empapada de lágrimas pidiendo que se detenga. Llorando en la bocina de mi teléfono mientras al otro lado se encuentra mi mejor amiga, pidiéndole que me lo quite, que me lo quite, que me saque este sentimiento tan horrible del cuerpo. Dame la valentía para mirarlo a los ojos y no derrotarme. Dame la estabilidad para verlo con otra mujer que lo haga feliz, incluso más de lo que lo intenté yo, y no querer morirme en ese momento. Antes mi peor miedo eran las palomas, o la soledad; ahora mi peor miedo es darme cuenta que él y yo no estamos destinados a ser, y que siendo así tendré que verlo con otra mujer y sentirme bien con ello. Otorgame el poder quererme de nuevo a mí misma, porque él era quién mantenía mis inseguridades al margen y sin él todo ello me volverá a abrazar.
Y por último, si no es para mí: cuídale. Cuídale como el hombre que me derritió la frialdad de sentimientos que llevaba adentro, la incapacidad de querer a alguien de tal manera, el orgullo de creer que mi vida iba dedicada a la promiscuidad y al subirme el ego, y no a sentir algo tan bonito como mi amor por él. Dale una buena mujer que lo quiera mejor de lo que lo quise, que no sea tan fastidiosa, histérica y cursi como yo. Que no lo necesite tanto. Que sea más independiente. Dale toda la felicidad que no le podré dar en este mundo de mortales porque ya no me corresponde.
Perdón si exijo mucho, pero prometo ser una niña buena y recompensarlo.
Me faltas todos los días de mi vida.
Te ama,
tu niña.
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