Me acosté con un par de tipos desde que me dejaste. ¿Las experiencias? Aterradoras. Lo escribo en una carta porque ya he pulido tu ego lo suficiente. Varias veces te hice sentir como el hombre más importante en el mundo, el que mejor me hizo el amor y el que más placenteramente me folló. Por tu ego, prefiero escribir esto y guardármelo en un sitio muy recóndito del cuerpo. Uno que no hayas tocado en ningún momento.
Diría que mis pestañas, pero tengo el vago recuerdo de que me las acariciaste con la mirada cuatro minutos seguidos una vez sentados en el sofá de tu sala. Diría que me los guardo en las rodillas, pero tanto tienen que ver contigo y con la posición en que a menudo me follabas la boca. Y ni menciono la boca, porque no hay manera posible de que no hubieses estado ahí nunca. Así que digo que me guardo estas palabras en los hematomas de mis costillas y de mis piernas, y en las quemaduras de cigarrillo de mis dedos, pues tú no las conocías porque ésto sólo apareció cuando te fuiste.
Y del sexo, pues qué te puedo decir. Nunca he sido fácil de complacer y tú lo sabes (y quizá por eso también me dejaste). De pronto se trata de mi falta de experiencia en el tema, experiencia que sólo gané contigo; o mi nula plenitud de sentimiento hacia mis compañeros sexuales, e incluso podría tratarse de mi incapacidad de sentirme excitada ante otros cuerpos que no sean el tuyo; pero lo cierto es que el sexo con otros rostros, diferentes al tuyo, ha sido vacío, hiriente e incluso y me atrevo a decir que ha sido asqueroso.
Distinto a nosotros y nuestros encuentros, me he topado con aquél que se viene como un rayo y gime como un trueno: todo a destiempo. Me he topado con aquél que siempre quiere más y con aquél que después del primer polvazo se echa a dormir y queda ahí. Me he topado también con aquél que se excusa por llegar tan temprano y me he topado con el que me agarra del cuello pero no decide ahorcarme porque duda de si aquello podría gustarme. Asimismo, me he topado con el que me agarra muy fuerte los senos o el que me muerde los pezones.
Y te detesto, porque me he topado con el que me pide el número de teléfono después de ello y con el que, sin previo aviso, baja deprisa y debo cerrar las piernas para que entienda que ese es un trabajo que adoro hacer mas nunca recibir. Y te detesto porque me he topado con el que me pide disculpas porque notó que quedé insatisfecha, y también me topé con el que "no traía condón" porque estaba acostumbrado a que sus compañeras sexuales planificaban.
Y te detesto con toda el alma, porque jamás me topé con el que me besaba los oídos y el cuello. Ni con el que me agarraba de las manos por amor y no por comodidad. Jamás me topé con uno a quién tuviese que pedirle un receso porque mis piernas no aguantaban, ni uno que adorase verme con las bragas puestas. Te detesto porque todos traían olores y sabores distintos, y ninguno se asemejaba en lo mínimo contigo. Te detesto porque la única vez en que alguien me tiró del cabello, me pegó en los glúteos o me tomó del cuello; tuve miedo.
Te detesto porque mientras ellos se complacían con mi cuerpo, yo recurría al recuerdo de tu rostro cuando tocaba tus puntos débiles y entonces te estremecías en la mitad de la cama. Todo ello con el único fin de que, al abrir los ojos, ya no necesitara más tu recuerdo.
Pero siempre sigo volviendo a ti.
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