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Karma y darma

Llevo días descubriendo, ¡por fin!, que la ausencia de alguien que no quiere estar ahí duele, pero no perfora el corazón. Que he sido incondicional en el pasado, soy incondicional ahora y seré incondicional en un futuro, pero no todos a mi alrededor lo han sido, lo son, o lo serán. Y me he dado cuenta que entre más rápido les encuentre, pronto iré retirándome de sus vidas. He descubierto que no puedo esperar escribirle de nuevo a la misma persona, a las tres de la mañana, decirle que estoy en problemas o que le necesito; y esperar que aparezca. He descubierto también que puedo vivir perfectamente con ello.

También descubrí que estoy harta de todo lo que esté a medias. Medio café, media película, medias amistades y medios amores. Personas a medias. Estoy exhausta de dar mi cien porciento a gente que sólo da un cincuenta, a veces incluso un treinta. A veces, sólo un cien. Estoy exhausta de dedicar mis mejores canciones, tomar mis mejores baños, bailar mis mejores pasos, reir mis mejores carcajadas a alguien que, cuando le pides, carece del valor de mirarte a los ojos y decirte que simplemente ya no te quiere.

Porque el desamor no es un crimen. Porque todos nos enamoramos y, asimismo, en algún punto dejamos de amar. Porque no se puede forzar a la gente a querer a alguien en específico sólo con el fin de ser recíprocos. Se vale pedir explicaciones, se vale preguntar por el momento en que se supo que ya no había más amor, se vale también sentirse frustrada ante el hecho de que es posible que esas respuestas nunca lleguen. Se vale sentirse herido y maltratado por haber iniciado con absoluta honestidad y no haber podido terminar en ella al igual. Y, sin embargo, se vale quedarse en silencio y no ofrecer las respuestas que la gente quiere; ya sea por el ego propio, ya sea porque (al contrario) nos importa un comino, ya sea por el pavoneo propio que obtenemos al herir a alguien, o incluso sea sólo porque duele mucho dar respuestas aunque la gente las merezca.

Es por eso que descubrí que me harte de las amistades que no duran, o de las amistades que condicionan. De aquellas que te dicen que si corres de nuevo al sitio donde te lastimaron, se marcharan sólo porque están cansadas de verte sufrir. De aquellas que dejan de responderte porque lo que dices no es lo suficiente importante para ellas, porque no aporta, porque es una nimiedad. De aquellas que te saludan de beso en la mejilla y te abrazan fuerte y destilan veneno de ti justo en el momento en que das la vuelta. También de aquellas amistades que aseguran que el daño que te han causado lo hicieron a propósito y lo seguirán haciendo, porque sí, puede resultar siendo verdad tal afirmación y en un lado del cuerpo se siente como tal; pero afirmar cosas que ni los culpables han afirmado, con tal apropiación, me cansa.

Y por último descubrí que aprendí a perdonar. A perdonar a quién me hirió, y a perdonarme a mí misma por volver a un sitio donde sólo quedan cenizas, puñales, insultos, malas interpretaciones y dolor. Mucho dolor. Perdono a quiénes se fueron, y me perdono a mí misma de irme, así haya sido lo indicado.

Perdonarme a mí misma de dar cien a quién dio diez, o no dio nada. Perdonarme a mí misma por equivocarme con gente que dio cien, también por equivocarme con aquellos que dieron sólo diez, o nada. Y perdonar, y perdonarme. Y perdonarme, y perdonar. Y así siempre.

Al final, he caído en cuenta que nada se va sin que nada llegue, porque todo es un ciclo constante de karmas y darmas. Mi karma lo he pagado, y lo seguiré pagando con otra gente en otros tiempos. Mi darma, mi darma va llegando poco a poco. Quizá, y posiblemente, el día de mañana llega transformado en un idioma que hablo a la perfección, una especialización en lo que más me gusta, un voluntariado por todo el mundo con niños vulnerables, el verme al espejo y por fin estar conforme. Quizá mañana llega transformado en un hombre que luce como Dev Patel, me acaricia el rostro cuando hacemos el amor, me canta en francés (porque me aburrí de cantarle en francés a aquellos que se aparecen), disfruta de la temperatura a la que pongo el agua cuando nos duchamos juntos, me observa durante cuatro minutos y logra decifrarme realmente, disfruta de verme y lo demuestra tomándome fotos, y se queda. Hasta el final.

Quizá mi darma por fin será que llegue lo bueno, y se quede. Pues ya mi karma me enseñó que lo malo también viene, pero se va. Y se va. Y se va.

Y mi karma es mi darma porque lo malo se fue.

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